Hace ya algunas semanas ocurrió un encuentro digno de registrarse, no porque corra el peligro de perderse en el olvido absoluto (ya que considero que fue una ocasión memorable para todos los asistentes), sino para que los detalles permanezcan –al menos los que recuerdo ahora después de tantos días.

La maravilla del internet –inimaginable hace 15 años– hizo posible toda una red de encuentros y descubrimientos con los compañeros de la secundaria, o de la primaria, para ser más precisa. En realidad nos conocimos desde niños y de una u otra manera, se puede decir que crecimos juntos. Descubrir dónde están las personas con las que convivía a diario hace 15 años, ver sus fotos, qué tanto han cambiado con el paso del tiempo, recordar una y otra cosa, nos llevó toda una tarde y gran parte de la noche. Es importante cómo eventos del pasado que no eran más que recuerdos vagos, adquirieron forma y nuevo significado y al mismo tiempo, dejar testimonio de ellos:

LSI o La Sociedad Secreta de los Calcetines Blancos (SSCB)
Pasé años conviviendo con los miembros de este clan que no conocía la misericordia, siendo testigo de sus torturas e ignorando su existencia. Una sociedad masculina originada para… ¿para qué? Para poner en máximo riesgo los testículos de todos, para encontrarle un mejor uso a las tablas de las mesas, para ver sufrir al otro mientras gritaba y se retorcía y después, si no salía bien librado de la embestida, cómo se encogía –o lo encogían– y daba patadas de ahogado para salir del bote de la basura que lo aprisionaba.

¿Quién se salvaba de estos ataques? Todo aquel que trajera calcetines blancos, toda una osadía en una escuela en la que a diario revisaban el uniforme y en donde el color café era predominante, necesario, ineludible. Pobres de aquéllos que seguían las reglas…

No sé qué tan comunes sean estos grupos de adolescentes que buscan cohesión a costa del sufrimiento ajeno. ¿Estoy siendo dramática? Tal vez. Pero seguro algún miembro de la SSCB se encargará de decirlo, quizá alguno se atreva a confesar sus motivaciones, quizá alguno se moleste por mi indiscreción al hacer públicas las dinámicas de tan secreto, selecto y perverso grupo… Perhaps, perhaps…

Elucubraciones explosivas
Recuerdo haber terminado un día de rodillas junto con toda la escuela en el camellón de enfrente, todos manteniendo la posición de seguridad. Recuerdo también que el motivo que nos llevó hasta ahí no era claro. No había habido ningún temblor, ningún incendio. Ahora, no queda ninguna duda por esclarecer: a algunos de los miembros de la SSCB se les ocurrió que era buena idea experimentar e investigar la potencia de los cohetes, y como no era suficiente para su sed pirotécnica, decidieron colocar dinamita en un wc de uno de los baños de hombres. Fue una fortuna que a nadie se le haya ocurrido orinar en tan inoportuno momento. El resultado: un edificio que albergaba adolescentes cimbrándose, azulejos destrozados, una fuga de agua inundando prácticamente todo el piso, un wc inservible, un grupo de personas asustadas o buscando explicaciones o culpables que evidentemente nunca hallarían y otro grupo de imprudentes muertos de risa.

Lo increíble: en este caso, como muchas veces sucede con la justicia mexicana pero en menor escala, los inocentes pagaron los platos rotos. Se decidió unánimemente que los responsables eran los mismos de siempre; si regularmente se consideraban problemáticos, no podía caber la más mínima duda de su participación en la explosión. Y –para sorpresa mía– el principal responsable, resultó ser el compañero que tuvo como escudo una reputación intacta, no sólo como miembro de la escolta, sino también como uno de los estudiantes más tranquilos y con conducta intachable. No cabe duda, las apariencias engañan. Moraleja: si eres maestro, recuerda sospechar de las caras dulces. Se corre el peligro de que sean los autores intelectuales de las peores maldades, como en el caso de Moreira.

Confesiones
Después de 10 años, confesar las travesuras y maldades no es más que un juego que a todos nos causa risa.  Y da lo mismo saber que Fulano decidió colocar su esperma –cuando no fue requerido– para analizarlo bajo el microscopio cuando todos intentábamos ver moléculas en el agua o dibujar lo que descubriéramos en el aceite; recordar el día en el que Judith por algún extraño motivo se alió con Luis Ricardo (ahora Hombre-tecnología), Aldaco, Octavio, Rubén y Pinocho para aventar gelatina a los peatones (y todavía es un misterio qué la motivó a participar con semejante ejército en dicha batalla);  o saber que a tu amigo Paco (de nuevo Moreira) se le ocurrió robar la bata blanca que usabas en el laboratorio para pisarla, mancharla, desgarrarla, tal vez orinarla… No recuerdo haber encontrado mi bata hecha trizas, pero varios testimonios dan fe de mi enojo y mi indignación.

Haciendo el “bien” sin mirar a quién en la cueva de la indigencia
Después de enterarse de las múltiples víctimas de estas perversas mentes, nos llevamos otra sorpresa al descubrir que también el pobre indigente de la colonia, conocido aquí y en los alrededores como El Tribi, tampoco se salvó. Como niños exploradores, este grupo de adolescentes inquietos conducidos por la curiosidad decidieron conocer el lugar en el que pernocta El Tribi. Tras toda una hazaña para entrar y descender en medio de cisternas, encontraron su guarida. En un acto aparentemente altruista –quiero pensar que tenían el deseo de ayudar y no de joder– robaron todas sus provisiones para fugarse de la realidad, lo dejaron sin una gota de pegamento, sin nada. Y luego, inevitablemente con afán de joder, uno de ellos orinó sobre el colchón viejo en el que se refugiaba. ¿Qué hace un indigente cuando regresa a su cueva y la encuentra saqueada, sin droga y además oliendo a orina? Otra de las consecuencias de la existencia de la SSCB…

Las apariencias engañan
 ¿Cuál presencia es constante en todas estas fechorías? ¿Quién aportó más al crimen infantil organizado? Juan Eduardo Reyes Retana Yáñez. Cuesta trabajo creerlo y al mismo tiempo no tanto si se recuerda que ya desde los 11 años despuntaba su carácter violento y que peleaba ferozmente con su maestra Socorrito. Es cierto que en ese entonces su rostro era más bien dulce. El paso del tiempo –y seguramente sus actos violentos– ha contribuido a que el ceño delate su potencial peligrosidad. Si bien era miembro de la escolta y una de las mentes más brillantes, fue también el autor intelectual de las peores maldades, incluida la vez en que colocó una bomba de humo en el baño provocando toda una movilización escolar o la ocasión en la que con la mano en la cintura le lanzó un escupitajo a Guadalupe Alustiza, su pequeña maestra de literatura, en un momento cúlmen de sus interminables discusiones retóricas. Ya existía la rivalidad maestra-alumno y, fuera de sí, la mujer decidió que el muchachito sabelotodo le había colmado el plato y lo echó del salón. Él, lleno de furia, se dejó llevar por el primer impulso y lanzó el escupitajo. En sus palabras:

Me paré junto a ella… hice un sonido de esos naquísimos para poder jalar la flema del tracto y que llegase a mi boca. Todo eso en su cara. Así que sólo tuve a bien girar algunos grados la cabeza y dejarlo escapar…

Como maestra de literatura que soy, comparto la indignación con el gremio. Como persona sensata, entiendo que los maestros nefastos cosechan lo que siembran y que se necesita muuucha paciencia para trabajar con adolescentes. Y como amiga de mi compadre, no deja de darme risa. 

De cualquier forma, entre risas, carcajadas y sorpresas, lo que es un hecho es que fue un placer reunirnos de nuevo y recordar. Descubrirnos nuevos pero los mismos. Juan-violento, Moreira-peligroso, Wright-narciso, Néstor-padre, Margarita-ecuánime… Y es un gusto ver que los encuentros siguen… Ya estoy lista para el próximo!

reencuentro

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Sigo con el mismo tema porque después de todo, la culpa no es sólo de los estudiantes jóvenes. El asunto es complejo. Es un problema de formación.

La única manera de enseñar es con el ejemplo. ¿Qué tanto leen los maestros de secundaria o de preparatoria? Y en caso de que lean, ¿qué leen? ¿Qué tanto motivan a los jóvenes a leer?

Una de las cosas que nunca he entendido es por qué no se incluyen en los programas lecturas atractivas con las que los adolescentes se puedan identificar. Estoy de acuerdo, El periquillo sarniento es una obra importante, considerada la primera novela que se publicó en Latinoamérica, pero ¿en realidad tiene el poder de inspirar a los estudiantes de secundaria a convertirse en ávidos lectores?

El que mis alumnos no hayan podido elegir a un escritor no es más que una muestra de que lo que les han enseñado no ha sido significativo. De alguna manera se debe lograr que por lo menos conozcan nombres de varios autores, o que no duden de la nacionalidad de Shakespeare. Quienes están frente a un grupo o en contacto con los jóvenes, deben ser creativos y buscar diferentes caminos para acercarlos a la literatura. Claro que no todos van a caminar en la dirección propuesta, pero tal vez alguno sí. Y eso ya es un logro.

Por lo pronto, hoy decidí hacer un experimento. Por un lado, porque he pensado en todo esto y recordé la siguiente idea de Johnson, y por otro, porque el libro de Elena Garro que quería está agotado: mis alumnos de una clase de literatura podrán escoger el libro que quieran para la siguiente evaluación. A ver qué tal sale. Confío en que será un desorden enriquecedor.

 

A man ought to read just as inclination leads him; for what he reads as a task will do him little good.

SAMUEL JOHNSON 1709-84: James Boswell, Life of Johnson

 

En una clase de inglés, usando como pretexto el Día Internacional del Libro y la revisión de tiempos en pasado, dejé como tarea a un grupo de prepa que escribieran una biografía breve de su escritor favorito. Lo primero que me brincó fue que muchos no tienen un escritor favorito. No tenían idea de a quién podían escoger. Uno de ellos me pidió ayuda porque no sabía qué hacer. Cuando le pregunté que si tenía algún escritor favorito o que si había algún libro que le llamara la atención, me respondió que no. Dijo: “Yo no leo, prefiero chupar”. ¿Acaso una cosa excluye a la otra? ¿Es que se la pasa tomando las 24 horas del día todos los días sin hacer otra cosa? A esto también contestó que no y finalmente, recordó la existencia de Harry Potter y se resolvió el problema.

¿Cuántos escritores no han sido alcohólicos y han vivido como han querido sin importarles que se destrozaran el hígado? Poe, Faulkner, Hemingway, Fitzgerald, Truman Capote, Rubén Darío, Raymond Carver… y la lista sigue y sigue… Muchos escritores han estado unidos al alcohol, en varias ocasiones de manera trágica. Y qué bueno que no pensaron en no escribir porque preferían tomar.

Este incidente sumado a las últimas encuestas sobre los hábitos de lectura de los mexicanos –que no arrojaron nada nuevo– me causó una sensación de tristeza mezclada con coraje y desconcierto…

Cuando un par de días después les pedí sus biografías, ni siquiera me sorprendió que varios no las llevaran. Ante la contundente amenaza de puntos menos en su calificación, varios argumentaron que no era justo pues sí habían hecho la tarea pero la olvidaron en casa de una alumna ausente. La reacción evidenciaba la mentira, pero siguiendo el juego, les pregunté a qué escritor habían escogido. La única que contestó fue la afortunada a la que el nombre de Shakespeare se le vino rápido a la cabeza. Los demás fingieron demencia o dijeron no recordarlo porque los autores tenían nombres raros o largos o difíciles de pronunciar.

Pero no todo es tan malo. Una alumna escribió sobre Virginia Woolf desde el momento en el que dejé la tarea y me preguntó algunas cosas sobre ella así como dudas de vocabulario. Y cuando recibí una de Homero y de Rulfo, no pude sino pensar que las habían bajado de internet sin siquiera leerlas, quizá sólo porque alguna vez oyeron esos nombres. ¿Homero? ¿Podía ser el autor favorito de este alumno? Tratando de que cayera en la trampa, le pregunté por qué había escogido a Homero. Y su respuesta me levantó los ánimos. Primero me dijo que ya había leído La Iliada y La Odisea, que la primera le había costado más trabajo que la segunda, por lo que había disfrutado más las aventuras de Ulises. Él mismo confesó haber sugerido el nombre de Rulfo a su compañero, porque le gustó Pedro Páramo. Y como seguramente mi cara no pudo ocultar la sorpresa, agregó: “Sí, yo sé que es raro que alguien de 16 años lea en vez de estar pedo”.

El punto es que todo esto me hizo recordar que todo para existir necesita su contrario, por definición. Y afortunadamente, a pesar de que la idea de leer les parezca espantosa a algunos, siempre habrá quienes estén del otro lado.